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Irán, bases militares y petróleo: la geopolítica detrás del conflicto

  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Por: Eduardo Mernies

 

Presentado con frecuencia como respuesta a amenazas de seguridad, el conflicto en torno a Irán se inscribe en una disputa geopolítica más amplia por el control de recursos, rutas energéticas y posiciones estratégicas en Medio Oriente. La red de bases militares desplegadas en la región y la competencia entre potencias revelan una dinámica de poder que excede ampliamente el argumento de la seguridad nacional. Comprenderla permite interpretar mejor el conflicto y advertir los riesgos de una escalada con consecuencias globales.



La lógica del Imperialismo

El conflicto desatado por Estados Unidos e Israel contra Irán reactivó un debate clásico de la teoría política y de las relaciones internacionales: cómo interpretar las guerras contemporáneas dentro del sistema mundial. Las explicaciones centradas en la seguridad nacional presentan estos enfrentamientos como respuestas inevitables frente a amenazas externas. Sin embargo, esa narrativa no es neutral: favorece a una de las partes y contribuye a legitimar ciertas acciones militares. Frente a esa perspectiva, diversos enfoques críticos plantean analizar estos conflictos considerando también las tensiones estructurales del capitalismo en su fase imperialista.


En Imperialismo, fase superior del capitalismo, Vladimir Lenin sostuvo que el desarrollo del capitalismo condujo a una etapa caracterizada por la concentración del capital en grandes monopolios, la fusión del capital financiero e industrial y la exportación de capitales hacia otras regiones del mundo. En tal contexto, el mundo queda progresivamente dividido en zonas de influencia económica y estratégica entre grandes potencias. Las guerras pasan a ser expresiones de la competencia entre Estados que representan intereses económicos y geopolíticos en disputa por recursos, mercados y posiciones estratégicas.


En una línea complementaria, Rosa Luxemburgo sostuvo que el capitalismo necesita expandirse constantemente hacia nuevos espacios económicos para sostener su proceso de acumulación. Esa expansión genera una presión permanente hacia formas de dominación colonial o neocolonial y subordinación económica de otros países. Cuando diferentes potencias buscan controlar los mismos espacios estratégicos, la aparición del conflicto militar.


Un territorio estratégico

Desde esta perspectiva, las guerras imperialistas involucran factores recurrentes: disputas por recursos estratégicos, control de rutas comerciales y energéticas, presencia de bases militares y sistemas de alianzas geopolíticas. La situación actual en Medio Oriente reúne todos esos factores.


La región concentra una parte sustancial de las reservas energéticas del planeta y constituye un punto de conexión entre Europa, Asia y África. Por esa razón, ha sido históricamente un espacio central de competencia entre potencias por el control de recursos, rutas comerciales y posiciones estratégicas.


Bases militares y asimetría

Uno de los aspectos más reveladores es la extensa red de bases militares extranjeras desplegadas en torno a Irán. Estados Unidos mantiene instalaciones militares en Qatar, Kuwait, Bahréin, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Irak y Turquía, entre otros países. A esta presencia se suman bases y contingentes de aliados occidentales.

Esta arquitectura militar regional facilita la rápida proyección de fuerzas aéreas y navales, el control de rutas estratégicas y la supervisión permanente del Golfo Pérsico.


Esta red militar crea una clara asimetría estratégica. Mientras potencias externas mantienen numerosas bases alrededor de Irán, el país prácticamente no posee presencia militar fuera de su entorno inmediato. Cuando un país está rodeado de bases militares extranjeras, resulta difícil sostener que la principal amenaza proviene de él. Esta realidad cuestiona la narrativa dominante que presenta el conflicto como respuesta defensiva a una supuesta amenaza iraní.


Ormuz: estrecho del poder

La relevancia estratégica de la región se vuelve aún más evidente al considerar el papel del Estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del sistema energético mundial.

Este paso marítimo conecta el Golfo Pérsico con el Océano Índico y constituye la principal vía de exportación de hidrocarburos de la región. Por él circula aproximadamente el 20 % del petróleo comercializado globalmente, además de una proporción significativa del gas natural licuado que abastece a economías de Europa y Asia.


Cualquier interrupción del tránsito en este corredor tendría efectos inmediatos sobre los mercados energéticos internacionales, impactando directamente en los precios del petróleo y en la estabilidad económica global.


Coerción económica y derecho internacional

A estos factores se suma un instrumento característico del poder contemporáneo: las sanciones económicas. Las medidas coercitivas aplicadas por Estados Unidos y sus aliados han buscado restringir el acceso de Irán al sistema financiero internacional y limitar su comercio energético. Las sanciones constituyen una forma de presión geopolítica que complementa la presión militar.


Aquí se introduce la mirada crítica desde el derecho internacional. La Carta de Naciones Unidas establece como principios fundamentales la prohibición del uso de la fuerza y la no intervención en los asuntos internos de los Estados (Art. 2), salvo casos de legítima defensa frente a un ataque armado o mediante autorización del Consejo de Seguridad (Cap. VII). Tales excepciones no ocurrieron, por lo que las acciones de Estados Unidos e Israel contra Irán son ilegales.


La doctrina de la “guerra preventiva”, utilizada en diversas ocasiones para justificar intervenciones militares, ha sido ampliamente cuestionada porque admite acciones unilaterales basadas en percepciones de amenaza más que en hechos verificables.


Orden global o rivalidad de potencias

Este debate reproduce una discusión histórica, incluso dentro del marxismo: Según la teoría del “ultra imperialismo” formulada por Karl Kautsky, el capitalismo podría evolucionar hacia una cooperación estable entre grandes potencias que administraran el sistema mundial mediante acuerdos e instituciones internacionales.


Tanto Lenin como Luxemburgo rechazaron esa idea, argumentando que el desarrollo desigual entre potencias genera tensiones permanentes por reparto del poder global.


El orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, con instituciones como la ONU, parecía orientado a evitar nuevas guerras globales. Sin embargo, la recurrencia de intervenciones militares unilaterales y el uso selectivo del derecho internacional muestran que esa estabilidad nunca llegó a consolidarse plenamente.


La sombra de una guerra mayor

En paralelo a estas tensiones estratégicas, ataques recientes que afectan a la población civil subrayan la gravedad humanitaria de los conflictos en la región. Entre ellos, la masacre en una escuela de niñas en Irán, provocada por Estados Unidos, generó una fuerte conmoción internacional y volvió a poner en evidencia hasta qué punto las dinámicas geopolíticas pueden tener consecuencias trágicas sobre la vida cotidiana de las sociedades involucradas. Incluso en contextos de guerra existen normas y principios destinados a limitar la violencia contra la población civil; cuando esas reglas son vulneradas —del mismo modo que ocurre con el desconocimiento del derecho internacional— se profundiza la crisis del orden global y se impone una lógica de fuerza distante de los principios básicos de humanidad.


Destacados analistas contemporáneos advierten que la creciente acumulación de conflictos regionales y rivalidades entre grandes potencias estaría configurando un escenario global cada vez más peligroso. El economista Jeffrey Sachs ha señalado que el mundo podría estar transitando una forma incipiente de “tercera guerra mundial”, caracterizada, no por un único conflicto global directo, sino por una red de guerras regionales interconectadas y tensiones geopolíticas crecientes entre potencias.



Voces políticas relevantes hacen pública su alarma ante esta dinámica. El presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, se comunicó con diversos mandatarios, alertando sobre los riesgos de una escalada internacional y la necesidad de redoblar esfuerzos diplomáticos para evitar que los conflictos actuales deriven en una confrontación de mayores dimensiones. Plantea la posibilidad de impulsar un grupo o bloque de países con capacidad de mediación (no alineado con ninguna de las partes) que contribuya a reabrir canales diplomáticos y reducir las tensiones. En su encuentro con el Presidente de Sudáfrica Cyril Ramaphosa, realizan un llamado conjunto a “la resolución pacífica de las actuales disputas, que violan la carta de la ONU”.


La historia del siglo XX enseña que las guerras mundiales no surgieron de manera repentina, sino como consecuencia de tensiones acumuladas, rivalidades entre potencias y una progresiva normalización del conflicto como instrumento de la política internacional. Más de un siglo después de 1914, el escenario internacional vuelve a mostrar señales inquietantes. La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿será capaz la comunidad internacional de contener esta dinámica antes de que escape de control?

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