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Una falla de origen en la lógica imperial: la dignidad de los pueblos

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Actualizado: hace 2 días


Por: Raul Llarul (*)



El imperio estadounidense se empeña en hacer creer al mundo que nadie puede resistírsele. Que su poderío militar es incontrastable y que, a quien pretenda ofrecer algún tipo de resistencia, le espera el destino aparente que hoy tiene Venezuela, convertida en una suerte de protectorado de hecho, bajo la tutela imperial de la superestructura estatal y económica del país.


El cálculo imperial se basa en una lógica sórdida y maniquea, consistente en creer que, una vez impuesta la fuerza letal abrumadora, obtenido el objetivo de control -directo o indirecto-, solo es necesario monitorear que las políticas locales no contradigan intereses imperiales.


Pero esa lógica tiene fallas de origen. Está demostrando ser una expresión de deseos más que una realidad. Es verdad que desde Washington se controla una inmensa parte de las decisiones del gobierno venezolano, y que la propaganda hegemónica se encarga de sobredimensionar esta situación para hacer creer que el control es total, no sólo sobre las estructuras estatales sino sobre las bases chavistas, sobre las comunas, y sobre el intrincado entramado de organizaciones sociales venezolanas.


En el caso de la República Bolivariana, varios elementos parecen haber colmado la paciencia popular. Los malabares dialécticos en el caso Saab, para aceptar las condiciones impuestos por Washington, y las provocaciones de los vuelos militares yankees sobre el cielo de Caracas, que parecen diseñados para recordar el 3 de enero, pero también para subrayar que “pueden hacerlo cuando quieran”, son acciones que, lejos de provocar sentimientos de sumisión, resignación o sometimiento por parte de sectores populares, han ido acumulando creciente rechazo y rebeldía, con expresiones de defensa de la soberanía nacional, de orgullo chavista, profundamente arraigado desde las comunas y los organismos de base de la sociedad.


Todavía resuenan en cada rincón de Venezuela los llamados antiimperialistas del Comandante Chávez, y eso es algo que Washington parece haber subestimado, absorto en su búsqueda incesante de control superestructural.


Eso es lo que se vio en diversos lugares de Venezuela el sábado 23 de mayo, cuando manifestantes chavistas y de diversos movimientos sociales, protestaron contra Estados Unidos, rechazando el sobrevuelo de aeronaves que había sido autorizado por autoridades venezolanas de manera inexplicable y, sobre todo, injustificable. En el centro de Caracas, los manifestantes coreaban cánticos de «¡No al simulacro!» y «¡Yankee, go home!». Es de destacar la proliferación de pancartas que expresaban apoyo a Cuba y a Bolivia.


No resulta casual la mención de estos dos países. Ante el gris panorama de inmovilidad de las masas en la mayoría de países de América Latina, sometidos a los parámetros de la democracia liberal burguesa dictados por Washington, y con gobiernos que compiten en el grado de servilismo y sometimiento ante la metrópolis, son justamente los pueblos de Cuba y de Bolivia los que están mostrando las grietas de la dominación, la incapacidad objetiva de este imperio decadente, de hacer valer su voluntad solo a base de fuerza bruta o a la amenaza de su uso.


Y es que, después de Venezuela, llegó la fracasada agresión a Irán con el esfuerzo combinado de la primera y cuarta potencia militar mundial. Ambas fueron derrotadas por una nación de desarrollo medio, que se limitó a presentar combate en las condiciones que consideró favorables y no en aquellas que los imperialistas pretendieron imponer. Decidieron luchar, combatir, enfrentar al agresor con la fuerza del pueblo en armas.


Fue una señal para el mundo. La posibilidad de enfrentar al imperio, pero en las condiciones que los pueblos agredidos decidan y no aquellas que imaginen los burócratas desde Pennsylvania Avenue, el Pentágono o el Departamento de Estado.


También la resistencia palestina mostró el camino, porque a pesar del genocidio, el sionismo sigue sin lograr sus objetivos estratégicos, no solo en el territorio ocupado sino en su proyecto expansionista de “gran Israel”, viéndose así obligado a trasladar sus actos de brutalidad contra diversas expresiones de solidaridad internacional con el pueblo Palestino.

Desde hace tiempo el salvajismo sionista ha quedado al desnudo ante el mundo. Hoy, ese proceso se ha acelerado, y será responsabilidad de ese mundo dejar -o no- que continúe con sus desmanes.


Vindicación de Cuba


“Somos, sencillamente, un pueblo que ha sabido estar a la altura del momento que vive,

un pueblo que ha sabido estar a la altura de la obra que realiza, y un pueblo que cuando fue necesario pudo sacar de sí todo lo que tenía de heroico, todo lo que tenía de tenaz, todo lo que tenía de valiente, todo lo que tenía de noble, todo lo que tenía de bueno,

para poder resistir todos los peligros y para poder enfrentarse a todas las eventualidades.” 

Fidel Castro, discurso del 20 de enero de 1961


La distancia que separa Teherán de La Habana es infinitamente más grande que la que existe entre Caracas y la capital de la mayor de las Antillas. Pero si el imperio pensaba que, en América Latina, la forma de controlar a los pueblos sería lo que han dado en llamar el “modelo venezolano”, la vida empieza a demostrar que, en la resistencia a cualquier maniobra imperial, el camino se parecerá más a la respuesta que encontraron en Asia Occidental. Hoy el suelo que el imperio creyó controlar empieza a sublevarse.


Es el camino elegido por el pueblo cubano y su gobierno. A las provocaciones, a las insinuaciones de querer hacer con Raúl lo que hicieron con Nicolás, el pueblo cubano salió en masa a recordar que los 32 Héroes de Fuerte Tiuna se multiplicarán por millones ante cualquier agresión a su Patria.


Las imágenes de este fin de semana, con un pueblo echado a las calles al grito de “¡Raúl es Raúl!” deberían servir para hacer pensar dos veces a quienes sueñan con juegos de guerra al estilo de Hollywood. No será el caso de Cuba, y lo saben.


Pero ya no se trata sólo de Cuba. Lo que está sucediendo en Bolivia muestra que la expansión de corrientes de extrema derecha en el control de los aparatos de estado en los países del continente americano, empieza a mostrar puntos vulnerables.


Y esto inicia en el lugar, a la vez, más y menos esperado.

El más esperado, porque la tradición de lucha y movilización popular resulta innegable en el caso boliviano. Desde mediados del siglo pasado las luchas obreras, campesinas e indígenas han labrado epopeyas populares, marchando sobre las calles de todo el país, combatiendo en campos y ciudades, resistiendo, pero también pasando a ofensivas victoriosas con toda la fuerza de un pueblo cuando pierde su paciencia.

El menos esperado, porque la imperdonable fragmentación de la izquierda boliviana, la predominancia de visiones pusilánimes en los distintos liderazgos históricos del campo popular, llevaron directamente, hace apenas unos meses, a la derrota estratégica, primero política y luego, como consecuencia, electoral, de sectores que parecen haber abrazado, como casi todo el campo del progresismo latinoamericano, la vía electoral como prioridad casi única de luchas.


La vida viene demostrando que la crisis del modelo de dominación incluye la crisis del modelo electorero. La pérdida de interés en las votaciones por amplios sectores populares del continente no es una casualidad, es la constatación de que los cambios no llegan por esa vía, ni siquiera triunfando, al menos en la mayoría de casos.


Pero no es esa vieja conducción la que parece hoy estar al frente de las luchas en el caso boliviano, a pesar que recurrentemente genere algún ruido mediático para asegurar alguna presencia, aunque sea más simulación que realidad. En cualquier caso, aún no se asienta el polvo de los alzamientos populares para poder conocer realmente los nuevos liderazgos que podrían estar surgiendo desde lo más profundo del campo popular y desde lo más caliente de las calles en lucha.


Sin embargo, este proceso aún inconcluso, aún no victorioso, parece tener un valor histórico extraordinario. Que avance y se consolide, o que la oligarquía y el imperio logren mediatizar la lucha y rescatar al gobierno de su profunda y acelerada crisis de representación, será cuestión de tiempo. Pero ya el ejemplo boliviano empieza a señalar un camino. Nos muestra que la lucha callejera constante, inteligente, sin ofrecer espacios para que la represión aniquile el movimiento, o paralice la ofensiva, son lecciones para muchos otros pueblos de la región.


Ahí queda, por ejemplo, Milei en su laberinto argentino, rodeado de manifestaciones de todo tipo, pero con un movimiento popular fragmentado, que aún no logra articularse en una lucha común, lo que favorece, por ahora, la represión y el inestable sostenimiento del gobierno.


Lo mismo sucede en muchas otras partes. El cáncer de las luchas intestinas en carreras electoreras deja al pueblo, por ahora, sin liderazgos destacados; pero llegarán, más temprano que tarde y, como en Bolivia, no será desde componendas secretas interpartidarias. Saldrán, nuevamente, desde las calles y los territorios.


Y lo mismo podría decirse de cada uno de los procesos en marcha, de norte a sur del continente, donde el imperio ha dejado claro su objetivo. Frente a esa verdadera declaración de guerra imperial a los pueblos de Nuestramérica, no queda otra respuesta que la que, con sacrificio, nos enseña el pueblo cubano.


Solo, aislado, maestro de la solidaridad internacional, que hoy necesita y espera, pero que le llega a cuentagotas, el pueblo cubano aprendió a contar con sus propias fuerzas.


Mientras los gobiernos del continente compiten por ver quién es el que más se arrastra ante el imperio, será necesario que los pueblos renieguen de esos gobiernos, que avancen en planes de unidad de acción antifascista en cada país, de acuerdo a sus propias necesidades y posibilidades.


Cada lucha local, cada avance popular, representará un paso más en la derrota del neofascismo imperante, que pretende consolidarse sin respetar las fórmulas demo-liberales burguesas que le sirvieron para escalar al poder pero que hoy, naturalmente, desechan. La “izquierda moderna y progresista”, en cambio, se ha quedado defendiendo una institucionalidad sin sentido, que solo sirvió al interés de sus enemigos de clase.

Para Cuba, cada lucha local en el continente, cada movimiento de masas alzado, desde El Salvador hasta Argentina, será un elemento importante para debilitar al imperio y a sus secuaces locales.


Será como implementar, en este siglo de crisis y transiciones, aquella consigna eterna del Che, que vuelve a interpelarnos para hacer “dos, tres, muchos Vietnam” a lo largo y ancho del continente. Sin abandonar ninguna forma de lucha, tampoco la electoral, pero dando a cada una su lugar y su importancia, de acuerdo a cada realidad.


Nuestras luchas locales serán así parte de la solidaridad con nuestras hermanas y hermanos de Cuba revolucionaria.


(*) Periodista y comunicador. Militante internacionalista. Miembro del FMLN.

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